UNA TORTUGA VOLANDO ENTRE NUBES
- Jorge Mario Sierra Marin
- 30 jul 2017
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 13 nov 2018
CRÓNICA DE LA MEDIA MARATÓN DE BOGOTÁ 2017.
Domingo 30 de julio de 2017. Una mañana de esas que los que venimos poco a Bogotá nos imaginamos siempre, viento frío, muchas nubes y lluvia sobre las montañas. Esta será mi cuarta participación en esta carrera, la tercera en 21K, pues el año anterior estaba recuperándome de una lesión y corrí 10k. Este año ya corrimos las medias de Barranquilla y Cali.
En Barranquilla la idea era pasar la meta decentemente y no como el año anterior que al terminar quedé en el puesto…..de la cruz roja por casi una hora. Se logró de forma amplia y aunque el tiempo fue muy discreto, la disfruté mucho y terminé en muy buena forma.
Cali es una de esas carreras difíciles de entender. Mucho calor, sale muy tarde, muchos puentes, pero tiene un encanto especial como reto, precisamente por estas dificultades. Ese día igual corrí con el anhelo de terminar bien físicamente y observar que pasaba conmigo, pues hemos hecho muchos cambios en el entrenamiento. El más importante, estoy corriendo sin mirar el reloj. Sólo lo prendo a la salida y lo apago a la llegada, a lo que dé, como me sienta, sin preocupaciones. Increíblemente ese día hice mi récord personal sin proponérmelo, animado por la compañía en los últimos 6 kilómetros de Juan Bernal y Juan Arango (súper atletas). Hice 2:16:07, que en tortugas como yo es volar!!! Por primera vez en mi vida estaba por debajo de 2:23:00 en 21K.
Después como preparación corrí los 10K de Rionegro. Fue mi primera carrera donde salí a tope desde el primer metro hasta el último. Hice 54 minutos, cuando mi mejor tiempo en esa distancia eran 58, pero no disfruté ni un solo segundo. Incluso hice algo que no había hecho nunca y me sentí muy mal por eso. En el kilómetro 3 alcancé a un amigo (Jhon Steven Toro). Es una persona mucho más joven que yo, pero en las carreras nos encontramos mucho y corremos más o menos a la misma velocidad. Cuando me vio nos saludamos y se me pegó. Corrimos a fondo turnándonos como si fuéramos los Kenianos en el mundial de 10.000 metros, pero a nuestro paso que no es nada del otro mundo. Pero entre el kilómetro 7 y 8 había una pequeña cuesta. Él es un tipo muy grande y empezó a quedarse un poco. Lo miré y le dije que vamos con toda, pero no pudo seguir el ritmo y se quedó. En el retorno para el último kilómetro nos cruzamos y me gritó: “Vamos Jota, con todo por un gran tiempo”. Y terminé haciendo mi mejor marca en 10K, pero con una mala sensación. No disfruté esa carrera ni un segundo. Por qué no pude esperarlo y terminar la carrera juntos? Hubiera hecho un minuto más y el uno menos. Pero no, le di a morir porque el reloj me mandaba a no parar. Ese día tomé una decisión definitiva: Si no voy a disfrutar las carreras por estar pendiente de mejorar un minuto, cuando en todo caso mis tiempos seguirán siendo muy pobres, mejor no corro más.
Y con todo este preámbulo estoy en el Parque Simón Bolívar a la espera de la salida, viendo como la lluvia baja por las montañas hacia los lados de la séptima por donde tendremos que pasar. Estoy en el último grupo y en la parte trasera con Silvia, Mónica y Pedro. No quiero empujones ni gente acosando por pasar. Además mi mejor tiempo acá es como de 2:27 y me merezco estar a lo último de la salida. Este año, la organización dejó salir a los rápidos con muy buena antelación de los lentos y cuando salimos, inmediatamente hay forma de correr, con cuidado pero se puede. Me siento muy bien. En una semana estaré corriendo nuevamente 21K en La Ceja, por lo que he decidido que voy a hacer esta carrera disfrutando mucho, al ritmo que me sienta, cero presiones. Oprimo el botón de inicio de mi reloj y me juro no volver a mirarlo hasta que pase la meta.

Muy rápido, algo así como en el kilómetro 2,5 alcanzo a la pacer de 2:20. Bueno, parece que por ahora voy bastante bien para mis capacidades. Y paso, no me quedo ahí, pero tampoco pienso en reventarme, falta mucho, esto apenas comienza y aunque las sensaciones son buenas, me conozco muy bien y al recorrido como para saber que más adelante puedo pagar cualquier imprudencia. Llegamos a la 26 y los toboganes de ese corto trayecto me ponen a añorar la séptima donde la cosa es más suave. Listo, la séptima. Entramos y veo con gran sorpresa que el pacer de 2:15 está a unos 100 metros delante de mí. Será que puedo llegar sin necesidad de reventarme? En ese momento veo el letrero que indica que estamos en el kilómetro 7, momento del primer gel y las pastillas de sales para los calambres. Entonces como no he podido aprender a comer corriendo y la vía está todavía llena de corredores, me salgo a la acera y paro. Me alimento y listo, retomo la carrera. El pacer de 2:15 se alejó bastante. Que importa, yo nunca he podido hacer menos de 2:16. En eso me encuentro algunos amigos. Saludo, converso y disfruto mucho del público que nos anima. El frío y una ligerísima llovizna, ayudan más que lo que estorban. Hasta el clima salió a ayudar hoy a Jota. Estoy por terminar la séptima en el kilómetro 11, levanto un poco la mirada y el pacer de 2:15 está ahí, a solo 20 metros. Me acerco y le pregunto si va un poco lento y va a rematar al final. Me dice que no, que ese es el ritmo, que si lo alcancé que siga. No sé, creo que me está tomando el pelo, pero entonces sí, sigo sin mirar, no sé si lo dejo atrás o me va a alcanzar nuevamente.
El ambiente es genial, muchos corredores y miles de personas al lado de la vía animando. La hidratación muy buena, muy bien repartida y las bolsas de agua son de un tamaño perfecto. Sí señor, voy disfrutando mucho esta vaina, más que otros años. Llegando a la 92 veo al pacer de los 2:10. No puede ser!!! Y estoy muy cerca. Bueno, dejo de pensar en eso y me concentro en seguir corriendo como vengo, como me siento, a mi ritmo, sin pensar en el reloj, sin pensar en ningún pacer. En el kilómetro 14 repito el ritual de avituallamiento y vuelvo a correr. El puente de la 92, donde siempre están unas señoras de edad exactamente en el mismo sitio, todos los años, con sus campanas y sus gritos de aliento. Ya muchos corredores hablamos de ellas y sus ánimos llegan al alma. Ojalá supiera sus nombres. Ojalá pudiera agradecerles esa inyección de fuerza que generan sus campanas.
Ya falta poco, voy en el kilómetro 16 y ahora si alcancé al pacer de los 2:10, aunque me asusta mucho esto, decido no pensar y seguir de acuerdo a como me sienta. La verdad, es una carrera diferente. Por primera vez en mi vida he pasado muchísima gente desde que salí y aunque si estoy cansado, todavía no tengo necesidad de disminuir la velocidad y los calambres no se han hecho presentes. Entramos en el barrio donde la gente anima muchísimo por el kilómetro 19. Las escenas de personas que salen a abrazar a sus corredores hacen que esto tenga sentido. Además me distrae bastante, pues ahora si me estoy sintiendo cansado, aunque trato de mantener el ritmo….cualquiera que sea. Púdrete reloj, no pienso mirarte.
Y entonces, la 68. Aviso del kilómetro 20. Acá lo duro es que la gran rueda del parque El Salitre parece correrse a medida que uno avanza. Es casi imposible pasarla. Miro por primera y única vez hacia atrás. El pacer de 2:10 se ve a unos 200 metros atrás. No me va a alcanzar!!!! Todavía no me la creo y me concentro en terminar. Recta final, se ve el tablero electrónico de la llegada. Bajo la gorra para no verlo. No quiero ver nada del tiempo hasta que llegue a la meta. Pero si saludo a los que nos animan y le doy ánimos a los que van terminando conmigo. Así quería terminar, disfrutando.
Paso la meta, levanto los brazos, sonrío y paro el reloj. Entonces lo miro y no puedo creerlo: 2 horas, 9 minutos y 40 segundos. Yo? Por debajo de 2:10 en 21K? Y estoy normalmente cansado, pero sin ningún dolor. Entonces todos los sentimientos de felicidad, orgullo y satisfacción por los resultados que el entrenamiento duro está mostrando, me atropellan al mismo tiempo. Literalmente me pongo a llorar de la emoción. Aunque parece que estoy sonriendo y con la mirada en el piso, estoy emocionado hasta las lágrimas.

Ya entendí. Ya sé cuál es el secreto que me permite correr feliz. Primero, el reloj es para marcar el inicio y el final. Solo para eso. Segundo, si se va mejorando en el ritmo (sin tener que estar reventado y no poder hablar con tu gente), si puedo disfrutar de la carrera y los animadores, esa es mi carrera. Tercero, y si además se pueden mejorar los tiempos….ahí está!!!!
Seguiré siendo una tortuga feliz, que de vez en cuando mejora sus tiempos. Que hace un gran esfuerzo en sus entrenamientos y carreras, siendo responsable con las exigencias, pero sin dejar que el disfrute de la ruta, los demás corredores y los animadores se pierda.
La mayoría de gente me dice: buen tiempo, vas mejorando mucho!!!! Les agradezco en el alma, pero yo prefiero: buena carrera, disfrute total!!!! Y entonces la tortuga que voló entre las nubes de Bogotá se va en busca de sus amigos y compañeros para mostrar con orgullo más que el tiempo, el aprendizaje ganado, eso es lo más valioso.
Jorge Mario Sierra Marín
Maratonista
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