MARATÓN DE MEDELLÍN 2019 – EL PODER DE LOS AMIGOS
- Jorge Mario Sierra Marin
- 26 sept 2019
- 10 Min. de lectura
Lo primero que quiero decir sobre esta carrera y sobre cualquier otra donde participe, es que poder correrlas, sea cual sea el resultado, es un regalo de la vida. No es un acto de heroísmo ni un acontecimiento para sufrir. Por supuesto no es fácil. Pero no quiero que se sienta lástima. Quiero entregar las emociones de la carrera y que quien lea esto sienta unas ganas inmensas de hacerlo también.

El 8 de septiembre de 2019, fue el día de mi quinto maratón, seguramente el que más me costó, pero también el que más sentimientos diversos me ha producido. En el 2017 lo había corrido por primera vez y la ruta era prácticamente la misma. Como siempre, correr en tu ciudad tiene unas características muy especiales:
Conoces cada metro de la ruta: eso hace que puedas planear bien tu carrera y entender en qué puntos estarán las mayores exigencias físicas y mentales.
Sabes a qué atenerte con el clima, así existan posibilidades de variación.
Sabes que si pasa algo tienes el control de las soluciones.
Tu gente está ahí, para animarte, para ayudarte, para correr a tu lado. En tu casa nunca estás solo.
Físicamente estaba bien. Una pequeña molestia en la garganta que no valía la pena. Había entrenado bien. Había hecho 5 medias maratones durante el año. No tenía lesiones ni dolores.
¿Motivos? Ah, completar mi quinto maratón, correr por 3 proyectos que estábamos apoyando desde Pasos de Felicidad, el segundo maratón de mi esposa, el primero de una amiga que se lo merecía ampliamente, cruzarse con cientos de amigos en la ruta como espectadores o como participantes de la carrera, hacer un homenaje a Yola y su gran lucha. Pero el principal: correr porque aún puedo aspirar a terminar los 42.195 metros. Y aunque la naturaleza y los años no me permiten hacerlo a gran velocidad, todavía tengo los arrestos físicos y mentales para terminar un maratón.
Llegamos al sitio de salida. Parece que va a ser otro de esos días donde el calor se va a sentir con todo su rigor como ha ocurrido en las últimas semanas. Estamos con Mary, Indira y Jenny, unas amigas de Barranquilla que vienen a correr también. Como siempre los momentos previos a las carreras son una gran oportunidad para encontrarse con los amigos que comparten esta pasión. Como hemos llegado temprano, podemos entrar al baño sin fila y esperamos el calentamiento, aunque en realidad nos dedicamos más a estirar un poco que a calentar.
Nos llaman a la salida y Silvia y los demás van a ubicarse. Yo me despido y me quedo un rato antes de empezar a caminar hacia el sitio. Quiero estar solo y concentrarme en la carrera. Además no me gusta salir adelante, pues soy muy lento y no quiero estorbarle a los demás. Camino muy despacio hasta que ya debo parar, mientras dan la salida. Estoy muy nervioso, como en mis maratones anteriores, pero tengo muchos motivos para disfrutar y terminar esta carrera. Saludo algunos amigos que me encuentro, pero trato de hablar poco. 6:00 a.m. ¡¡¡Salimos!!!
Aunque vamos muchos corredores juntos, la vía es muy amplia y se puede correr fácil desde el principio. En esta primera parte son un poco más de 3 kilómetros por toda la calle San Juan hasta la 80, subiendo. Todo bajo control. Encuentro algunos amigos y disfruto mucho esta parte. Llegamos a la 80 y este año estamos corriendo por el carril oriental. Aunque no son muchos, pero sí creo que más que el año pasado, hay gente animando la carrera y cada que paso por donde están les agradezco.
Empiezan los encuentros que son el motor más importante cuando estoy corriendo. Alejo de Pasos de Felicidad, pasa por mi lado y mete un grito que hace que quienes vienen corriendo conmigo salten del susto. En la 33, Marcela me da un apoyo moral muy importante con sus gritos. Antes de la 30, Juan y Sandra están en el separador de la vía, pendientes de darme ánimo. Más adelante veo a Silvia y a Diana, si las estoy alcanzando es porque debo venir un poco más rápido de lo que debería. Me adelanto un poco y llega Juanes, un gran amigo que el año pasado corrió su primer maratón. Me dice que está haciendo 21k y que me va a esperar para acompañarme en los últimos metros hasta la meta. Le digo que será una larga espera y se ríe, antes de irse me repite que nos vemos. Me quedo pensando quiénes estarán cuando llegue.

Kilómetro 8, ya se va a terminar la 80 y empezaremos por la 70. Voy bien, pero como siempre llevo la ropa emparamada. Siempre he sudado como una bestia y hoy no es la excepción. Afortunadamente y distinto a lo que parecía antes de iniciar, el sol no ha salido pleno. Es sólo un resplandor que no pega duro. Esto ayuda muchísimo en la resistencia para todas estas horas corriendo. Si se mantiene así será genial. La 70 se va muy rápido, no sé por qué. Son un poco más de 2 kilómetros, pero hoy pasaron muy rápido. Siguen los encuentros especiales. Lina, una amiga de la oficina, está en el balcón de su apartamento con sus dos pequeños hijos. Les grito y los tres me saludan con sus manos muy emocionados de verme. Estas cosas son las que valen la pena.
Me tomo el primer gel y las segundas pastillas de sal. Ya estamos en la 30. Es el kilómetro 11 y en el 12 nos separamos de los que están corriendo 21k. Y llegamos al punto de la separación. La mayoría de los corredores sigue por la 30 y unos pocos tomamos hacia Guayabal. Esta separación asusta. Los de 21k nos dan ánimos y nos desean suerte, sí que la voy a necesitar. Aunque a diferencia de cuando corrí la primera vez, siento que hay más personas corriendo el maratón. Vamos pocos, pero por lo menos veo gente adelante y atrás. Este tramo tiene 4 kilómetros muy planos, algo monótonos, pero se termina bien. Luego volteamos por la 10 sur y nos dirigimos hasta La Aguacatala, con subida de puente incluida. Ojo, estoy empezando a cansarme. Ya vamos por la regional hacia el norte. En unos pocos metros doblaremos hacia la derecha dos veces y empezaremos en el kilómetro 19, nuestro recorrido en sentido norte sur por la avenida de Las Vegas. Un falso plan, que en realidad es una subida de 9 kilómetros que te rompe las piernas y el corazón. Silvia y Diana pasan y ya no las voy a alcanzar nunca más. Pero me alegra muchísimo verlas tan fuertes.
Ahora empezó esto de verdad, pero igual también empiezan algunas de las mejores cosas del maratón. En esta vía puedo ver de cerca los amigos que regresan ya y van en dirección sur norte hacia la meta. A todos los que veo les grito y los animo. Ellos hacen lo mismo y aunque sé que estoy muy lejos, me llenan de energía para continuar. Encuentro a Bibi y sus amigos. Ellos están apoyando a todos con hidratación y alimentación en este punto tan crucial, los 21 kilómetros de subida y los 35 kilómetros de bajada. Es un apoyo muy importante. Y un poco más adelante, por el kilómetro 22 están Andrés y Laura, otros atletas que no están corriendo, pero que salieron a apoyar con ánimos, líquido y alimentación a los que estamos en la vía. Es muy importante y bonito cuando en otras partes la gente te apoya y te anima. Pero cuando es tu gente, esos que conocen tu historia y esfuerzo, entonces el corazón se llena de felicidad y ganas de correr sin parar.

Me estoy sintiendo muy cansado. Los kilómetros comienzan a pasar muy lentamente. Llegar a ese kilómetro 28 donde se gira y se toma definitivamente en dirección a la meta, me está costando demasiado. Pero el clima sigue genial y hay mucha gente apoyando la carrera. Después de mucho tiempo, por fin veo el letrero que anuncia el kilómetro 28 y doy gracias, ahora todo debería ser más fácil, pues el falso plan será en bajada. En el regreso alcanzo a ver a varias personas que vienen detrás de mí apenas buscando el retorno, entonces soy consciente que no vengo de último, voy despacio, pero de alguna forma voy.
Y entonces pasa. En el kilómetro 30 estallo en mil pedazos. De un momento a otro siento que no doy más, que se acabaron las fuerzas. Y aunque nunca camino en mis carreras, esta vez no puedo correr un paso más. Empiezo a caminar, ni siquiera puedo caminar rápido. La angustia se apodera de mi cabeza. Intento volver a correr y sólo lo consigo por unos metros. No puedo. Y aún estoy lejísimos. Desde ese punto hasta el kilómetro 35 lucho por volver a correr, pero no puedo, no tengo fuerzas. Lo intento mil veces, pero lo único que logro es hacerlo cada vez por unos metros. Aunque he comido y me he hidratado bien, nada funciona. Pero lo peor, es que lo que menos funciona es mi cabeza.
Las personas que venían atrás empiezan a pasarme ¡¡¡todos!!! Andrés y Laura me dan ánimo, al igual que Bibi y sus amigos. Pero ahora ni los ánimos de mi gente hacen efecto. No tengo respuesta física ni mental para esta situación. Entonces decido buscar un puesto médico para retirarme. Es lo único que me queda. No puedo. Además ya miré que al ritmo que voy no alcanzaré a llegar a la meta en el tiempo máximo dado por la organización que es de 5 horas y media. Esto se acabó.
¿O no?
No pasa ninguna moto de servicio médico y no encuentro los puestos de ayuda. En la Aguacatala miro otra vez mi reloj, que no es para correr, es sólo un reloj normal. Veo la hora. Hago un cálculo mental sobre cómo podría llegar antes de las 11:30 a.m. hora del cierre de la carrera ¿Y si trato de correr aunque sea muy despacio sin parar hasta la meta? Así tengo una posibilidad de terminar en el tiempo, no es seguro pero es una posibilidad, la única posibilidad. Y entonces, pensando en mi familia, mis amigos, los niños de las fundaciones que estamos apoyando y por supuesto en el orgullo que estará pisoteado por no terminar una carrera, bajo mi gorra para no ver más allá de unos metros adelante del piso… empiezo a correr, muy despacio, pero no voy caminando.
Con el agua que me dan me mojo el cuello y la espalda, pues ahora sí hace calor. Ya el estómago no me recibe nada diferente a un poco de agua. Cuando trato de tomar un poco de bebida isotónica, me doy cuenta que me produce náuseas. Bueno, tendrá que ser entonces a punta de agua. Y sigo corriendo. Ya no me pasan más. O se acabaron los corredores que venían detrás, o se retiraron todos, o de verdad esto está funcionando. Los kilómetros comienzan a pasar otra vez. Tengo calambres en las pantorrillas, pero puedo manejarlos.
En este punto se hace realidad la más importante ventaja de correr en tu ciudad: los amigos. Además de todo el apoyo de quienes estaban haciendo barra, los que pasaron corriendo dando ánimos, los que sacrificaron una mañana para apoyar con hidratación y alimentación a los corredores. Ahora es cuando más los necesito y acá están. Me encuentro primero a Jesús Miranda. Es un médico, deportólogo, atleta y triatleta, entrenador, pero especialmente una gran persona. Está regresando desde la meta, buscando a un grupo de sus muchachos que corren con una silla de ruedas. Me ve y entonces corre un poco a mi lado. Me da líquido, pero más importante, me habla de la forma en que sólo los grandes entrenadores saben. Me dice que no piense en lo que falta ni en cómo voy. Que me visualice en la meta. Que yo soy maratonista y conozco bien mi cuerpo como para saber cómo llegar. Me da ánimos y regresa nuevamente por su gente. Le alcanzo a agradecer, pero creo nunca de la forma como debería. Fue un apoyo vital.
Luego encuentro a Juliana y su novio. Juliana es una triatleta muy fuerte. Me hacen mucha bulla y me animan con el corazón. Me dice que estaban pendientes de verme pasar. Está segura que puedo terminar. Si ella está segura, ¿cómo voy a parar entonces? Veo la marca del kilómetro 40 y mirando el reloj calculo que puedo entrar antes de que cierren. No voy a parar por nada en el mundo.
Levanto la cabeza por primera vez en mucho tiempo. Miro la desviación que conduce por la carrera Bolívar. Ese es el último tramo antes de girar a la izquierda definitivamente para llegar a la meta. En el cruce hay una persona tomándome fotos y sonriendo. Es Juanes. Está ahí hace mucho rato para cumplir su promesa de esperarme y acompañarme hasta el final. Me da un abrazo y me dice que vamos a terminar y se va conmigo. Apenas estoy asimilando esto cuando aparecen los amigos de Pasos de Felicidad. ¡¡¡No se han ido!!! Me estaban esperando a pesar de que ya todos terminaron y los que no corrieron están desde hace muchas horas animando. El cansancio, las ganas de llegar, la emoción, todo se mezcla en mi cabeza. Julián me entrega la bandera de Pasos. Jefry va filmando todo y dándome ánimos. Juanito me dice: Vamos máquina. Le contesto que seré máquina pero de las averiadas. Voy con una escolta impresionante que me anima a reventar.

Las pantorrillas me están castigando muy duro con calambres, pero voy feliz. Tengo que limpiarme varias veces las lágrimas para ver bien. Mucha gente me ve, los oye, y entonces me animan con todas sus fuerzas. De pronto oigo una gran bulla adelante. Se trata de la barra completa de Pasos de Felicidad. Están todos. Nadie se fue hasta estar seguro que yo pasara. Están con algunos de los niños del hogar que vamos a apoyar con la campaña “Yo corro, Tú donas”. El corazón se me quiere salir. Esa tarde cuando les escribí dándoles las gracias por esperarme, la respuesta fue que no se iban a mover hasta que yo pasara. Y además están muchos de los amigos de siempre, de la oficina, atletas de envigado y de Medellín. Es increíble esto. Me están haciendo una recepción como si fuera el ganador de la carrera. Por eso vale una y mil veces correr en tu ciudad.

Finalmente giramos a la izquierda en San Juan y veo la meta. Qué feliz estoy. Que orgulloso me siento de no haberme retirado ¿Cómo me iba a perder esto? Los Trotones de Envigado están allí también. Hacen un gran escándalo cuando estoy pasando. En la meta suena “We will rock you” de Queen. Sólo soy un atleta normal, de los lentos, tratando de arrastrarme hasta la llegada de mi quinto maratón, me siento poderoso, invencible, pero sobre todo siento que valió la pena, siempre valdrá la pena.
Levanto la bandera de Pasos y levanto mis brazos. Paso la meta. Escucho el grito de Jorge Cano y Susana. Trastabillo un poco, pues los calambres han debilitado mucho mis piernas. Y no aguanto más. Lloro, pero muchísimo, desde muy adentro del alma. Pero son lágrimas de alegría y de orgullo. Claro, estoy contento de terminar. Pero en realidad estoy feliz de saber que le importo a tanta gente. Termino en 5:25:36 tiempo chip y 5:27:59 tiempo pistola. Es decir, llegué 2 minutos y un segundo antes de que se cumpliera el tiempo máximo que dio la organización para completar estos duros 42 kilómetros 195 metros. Sí podía, sí pude. Recibo la medalla, saludo a todos los amigos. Me siento un rato y pienso mucho: no sé si quiero seguir corriendo maratones. No sé si valga la pena hacerlo sufriendo tanto.
Pero ahora, unos días después de la carrera y analizando todo con calma, estoy seguro que voy a seguir corriendo. Estoy seguro que voy a encontrar nuevamente la forma de terminar bien mis maratones como en Chicago que acabé sin molestias, sin dolores y en buenas condiciones. Pero sobre todo, estoy seguro que compartir esta pasión con tantas personas que están felices de verte cumplir tus sueños, es lo mejor que me puede pasar. Gracias a todos, nunca tendré como expresar lo importante que son para mí. En este relato los importantes son ellos. Hasta los próximos kilómetros mis amigos.

JORGE MARIO SIERRA MARÍN – JOTA
MARATONISTA
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